sábado, marzo 10, 2012

El toro que narró su muerte



por Nadim David Vargas

Me tenían comiendo tranquilamente, pensé que eran personas bondadosas quienes me cuidaban, pero no; un día, todo lo que parecía ser bello, se convirtió en sombras, y así, es como narro mi muerte.


Fui trasladado a un cuarto oscuro, mi corazón palpitaba como si lo apretaran con dos inmensas manos ardientes, no sabía lo que ocurría. Me azotaron los riñones con costales y tablones, no entendía por qué me maltrataban, ¿qué de malo había hecho yo?, ¿por qué pasaba eso?, ¿por qué no había luz que me dejara ver lo que ocurría?, todas esas preguntas rondaban en mi cabeza mientras soportaba el dolor y el miedo.

Me sentía fatigado por los golpes, me sentía solo, pero la tortura a penas comenzaba. Entre sombras, alcancé a ver a unos hombres que me sujetaron con fuerza, otros hombres se abalanzaron hacia mi para untarme vaselina en los ojos, era horrible, no podía ver bien, mi propia respiración agitada me llenaba de angustia, el ardor que experimentaba no tenía precedente, era como si la sal de los mares se hubiera concentrado en mi mirada.

La pesadilla siguió, mientras mi respiración agitada trataba de inhalar tranquilidad y exhalar temor, nuevamente me atacaron, me introdujeron algodón en la nariz, me sentía enterrado en vida, sin luz, con ardor en los ojos, sin respirar bien, sin saber cuánto tiempo más duraría este tormento.

Tomaron mis patas, les untaron aguarrás, no me podía estar quieto, tenía la necesidad de estar de pie, no me podía echar, no podía descansar del sufrimiento, la sensación era horrible, mi sistema nervioso estaba a punto de colapsar, sentía que la adrenalina me envenenaba. De pronto, comencé a escuchar una oleada de voces, sentía la energía de cientos de personas, pero, era una presencia que me horrorizaba; no era la como la presencia de cientos de aves que volaban en el cielo libremente, sino como la presencia de cientos de llamas que incendiaban mi mente.

Por fin, salí del asqueroso cuarto, torturado, cansado, lleno de miedo, sin comprender nada de lo que sucedía. El salto de la oscuridad a la luz me impactó, mis pupilas se dilataron, los gritos de la multitud eran como olas que rompían en mi cerebro. Un hombre se encontraba frente a mi, con capa roja, oleaba el color de la sangre para provocarme, después, había otro hombre, estaba montado en un caballo, no sabía si ambos querían dañarme, miraba los ojos del caballo, y sólo me veía a mi mismo: al miedo y a la confusión encarnadas.

El hombre me trató de liquidar durante un rato, yo, sólo corría, trataba de defenderme, no quería dañar a nadie por maldad o por sadismo, sólo usaba los cuernos que eran parte de mi naturaleza para protegerme. Resistí un buen rato, el público aplaudió, parecía que eso era lo que tenía que hacer: sobrevivir.

El juego de la muerte continuaba, pero aún tenía fuerza, quería vivir. Mientras luchaba, mientras corría sin sentido, me clavaron banderillas, sentía cómo la sangre humedecía mi lomo. Como último momento, por si fuera poco, me encontraba frente a frente con el que llamaban: "matador". El hombre me engañó varias veces, sujetaba la capa con ambas manos, la ondeaba, me confundía, se escondía tras los colores que me distraían, era como el cocodrilo que yacía en el pantano bajo las ondas provocadas por la lluvia, se camuflajeaba, me estaba esperando, quería asesinarme, podía olerlo, podía verlo.

Una y otra vez corría hacia el movimiento púrpura que provocaba a mis instintos; las pocas veces que logré mirar al matador, sentí una profunda tristeza, miré sus ojos llenos de ira, no era él, era como si un demonio se hubiera posado en su alma y estuviera jugando con su miedo, era como si una sombra controlara su furia y tuviera encarcelada a su bondad. ¿Qué ha pasado con este hombre?, me pregunté. ¿Por qué hay tanto veneno en él?, ¿Por qué arremete contra mi como si fuera la suma de todos sus miedos?; la verdad, no lo comprendía.

Agitado por el juego de la muerte, con el ardor en mis ojos, con el polvo que me ahogaba, con la sangre que se secaba en mi cuerpo, con la pena que invadía mis entrañas por ver a aquél hombre cegado por su pasión, con todo ello, por fin, caí al suelo, agonizando, bebiendo mi propia sangre, sintiendo como la maravillosa fuerza que me había traído a la vida, me abandonaba poco a poco, el matador, ese hombre, me miró por última vez, yo esperaba que la misericordia tocara su alma, pero no, bajé la cabeza, y su espada me atravesó, consiguió lo que deseaba, matarme.

Dejé el cuerpo; afligido, miré cómo sonreía el hombre manchado de sangre, manchado de muerte, cortó con voracidad las orejas y el rabo de mi cuerpo inerte; seis mulas me arrastraron, mi tieso cuerpo, iba dejando la sangre sobre mi madre tierra, y la gente, sólo aplaudía, lanzaba flores, lanzaba sombreros.

Y así fue como morí, contemplando alegría en donde había muerte, escuchando euforia en donde había sufrimiento, viendo tragos de vino en donde había tragos de sangre. ¿Qué habrá dentro de esos corazones que gozaron con mi inmenso sufrimiento?, ¿Qué le espera a ese pobre hombre cuya hermosa luz de su mirada estaba extraviada en las sombras de la ira?, ¿Cuándo podrán los hombres mirar sin rencor u odio?, ¿Cuándo podrán los hombres sonreír, y proteger a la vida?, ¿Cuándo podrán los hombres dejar que la fuerza del amor, que creó todo, bañe sus espíritus?, ¿Cuándo terminarán los baños de sangre en los que se regocijan las sombras?.

¡Luz! ruego por que ilumines las mentes y los corazones de la humanidad.
¡Luz!, ruego por que los hagas experimentar el amor de verdad.

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