lunes, marzo 30, 2015

Esta pequeña alimenta cuervos, y ellos le dan obsequios




Distintos estudios han probado que los cuervos son capaces de recordar el rostro de una persona toda su vida, que pueden resolver complejos rompecabezas, entienden de física, e incluso el ejército de E.U ha usado esta especie para buscar a fugitivos; también son capaces de usar herramientas de distintas formas.

Es por ello que no es extraño que los cuervos formen estrechos lazos con algunas personas, tanto con algunas que los han ayudado, como con aquellas que les han causado una molestia. Se supo de un caso donde un grupo de estudiantes en la ciudad de Washington, capturó a algunos cuervos para hacer experimentos y luego los soltaron, después de ello, cuando los estudiantes volvían a la Universidad, los cuervos lograban reconocerlos y les graznaban.



Gabi Mann es una pequeña de 8 años que inició una amistad de forma accidental con los cuervos de su barrio. Tenía 4 años, y como la mayoría de los niños, una cierta tendencia a que se le cayera la comida.

Aquél día, salía del coche cuando se le cayó un pedazo de pollo, y un cuervo se apresuró a recogerlo. Así que pronto tuvo un grupo de pájaros observándola, esperando a que otro pedazo llegara al suelo.

Cuando creció, decidió recompensar esa atención aviaria compartiendo su almuerzo de camino a la parada del autobús. Después se le unió su hermano en la tarea y pronto los cuervos se alinearían para saludar al autobús, a la espera de que los volvieran a alimentar.

A Lisa Mann, la madre de la niña no le importó que los pájaros se comieran la mayoría de los almuerzos de sus hijos. "Me gustaba que amaran a los animales y que quisieran compartir la comida con ellos", cuenta. Y reconoce que nunca había notado la presencia de los cuervos hasta que su hija le habló de ellos. "Fue una especie de transformación. Nunca había pensado en los pájaros".






En 2013 madre e hija comenzaron a ofrecerles alimentos como un ritual diario, en lugar de tirarles bocados de vez en cuando. Cada mañana llenaban de agua la pileta del patio trasero y ponían cacahuetes en los comederos de pájaros. La pequeña Gabi también solía tirar un puñado de comida para perro sobre el pasto, y mientras lo hacía, los cuervos esperaban sobre los cables telefónicos.

Al poco tiempo de que la familia comenzara con esta rutina, empezaron a recibir regalos.

Los cuervos limpiaban los comederos de cacahuates y a cambio dejaban baratijas brillantes; un pendiente, una visagra, una piedra pulida. Pero no había patrón. Los obsequios suelen ser cosas relucientes y lo suficientemente pequeñas para poder ser sostenidas por el pico de un pájaro



Al ver la colección es difícil no desear para uno mismo unos amigos cuervos que regalen objetos resplandecientes. Así que si quieres formar lazos con un cuervo debes recompensarlo de forma consistente, recomienda John Marzluff, profesor de ciencias de la vida salvaje en la Universidad de Washington, en EE.UU. quien está especializado en aves, sobre todo en cuervos y grajos.





"Unos cuantos cacahuates con cáscara", responde el experto. "Es un alimento muy energético y hacen ruido al lanzarlos al suelo, por lo que los pájaros lo pueden oír y así acostumbrarse fácilmente a la rutina".

Sin embargo, estos obsequios no están garantizados. "No se puede asegurar que siempre habrá regalo", admite Marzluff, quien nunca recibió uno. "Pero he visto un montón de objetos que los cuervos han traído a la gente".

Gabi también ha recibido algún que otro objeto repulsivo. Su madre tuvo que tirar una pinza de cangrejo en descomposición, por ejemplo.

Y es que no todos los cuervos dejan regalos, y no todos los obsequios son objetos brillantes. A veces dejan cosas que "les ofrecerían a sus compañeros", dice Marzluff. Y con ello se refiere a los alimentos que utilizan para cortejar, "como crías muertas de pájaro, por ejemplo".

Lisa fotografía los cuervos con regularidad y anota su comportamiento e interacciones. El regalo más increíble que ha recibido de ellos es la tapa de una lente de cámara que perdió mientras retrataba en un callejón cercano un águila calva que merodeaba por el barrio. Ni siquiera tuvo que salir a buscar la tapa. La encontró en la pileta del patio.



"Estoy segura de que fue intencional", sonríe. "Nos observan todo el tiempo. Estoy convencida de que vieron que se me cayó y que decidieron que querían devolvérmela".





La colección de Gabi se encuentra dentro de una caja y en ella se alinean bolsas de plástico transparente con sus pequeños tesoros en su interior. Una de ellas guarda una bombilla. Otra, pequeñas piezas de vidrio marrón gastadas por el mar. Los objetos están envueltos uno por uno y colocados por categorías. 

Entre otros de sus tesoros hay una diminuta bola plateada, un botón negro, un clip azul para papel, una cuerda amarilla, un pedazo desteñido de espuma, una pieza de Lego azul y la lista se vuelve interminable.

"Con ellos me demuestran cuánto me quieren", asegura la pequeña.





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