viernes, mayo 27, 2016

Némesis, por encima de las estrellas.


Una hermosa historia de amor entre dos seres que se encontraron en la tierra y siguen juntas, ahora en el cielo. Vale la pena leerlo de principio a fin, pero preparen pañuelitos.


"Me llamo Némesis. Así me bautizó mi propietaria, amiga y cuidadora cuando me recogió de la carretera nacional un domingo por la mañana.

Daniela no tenía ninguna intención de quedarse conmigo, una mastina de 60 kilos, pero tampoco podía permitir dejarme caminando por el arcén. Paró su vehículo y yo me subí sin que hiciera falta insistencia por su parte. Nunca nadie me había hablado con tanto amor. “¿Te has perdido?, Ven, sube, te ayudaré”. Intuí que a partir de aquel momento empezaría una vida nueva y no creía que pudiera ser peor que vivir atada a una cadena como me habían tenido durante casi dos años, hasta que se cansaron y me abandonaron en una carretera lejana a lo que había sido hasta entonces mi casa. Yo era una muestra más de la gran irresponsabilidad humana, pero por suerte no todos son iguales. Me hubiera gustado mucho explicarle a Daniela que no me había perdido, que me habían tirado desde una furgoneta en marcha, pero solo la miré. La miré y le supliqué compasión. Era consciente de mi tamaño y sabía nadie me iba a querer. Además, estaba sucia, delgaducha, y tenía una herida en el cuello provocada por la cadena a la que me tuvieron atada desde cachorrita.

Daniela me llevó a un veterinario y no le sorprendió que no llevara chip. Ella vivía en una casa grande y su gran corazón y sus principios no le permitieron llevarme a una protectora ni deshacerse de mí, le había roto el alma, según dijo ella misma. Me miró a los ojos y leyó tanta tristeza, tanto desconsuelo, que decidió llevarme a su casa “de momento”. Yo no sabía qué iba a ser de mí, pero la seguí sin despegarme de su pierna. Ella me acarició mi enorme cabezota, “nos vamos a casa, te llamarás Némesis, y ya veremos qué hacemos”. Para mí “casa” significaba cadena, patio, frío, calor, lluvia, desprecios, hambre, sed y soledad, mucha soledad. Pero me equivoqué. Lo que Daniela me ofreció fue un hogar. Un hogar donde se me trataba con amor, con respeto, donde correteaba por donde me apetecía y en el que se me hablaba y se me permitía dormir dentro, calentita y muy cerquita de ella.

En menos de un mes me convertí en una mastina preciosa, de 67 kilos y que adoraba a Daniela. Creamos un vínculo muy intenso y muy especial. No tardó en ponerme el chip a su nombre y me prometió que me quedaría con ella para siempre.

Recuerdo los largos paseos por la montaña y cómo disfrutábamos las dos cuando íbamos al río o a la nieve y recuerdo especialmente las tardes de domingo viendo una peli. No me separaba a más de dos metros de sus piernas y me encantaba cuando recostaba su cabecita en mi barriga y me decía que era su almohada favorita. Yo no movía ni una pestaña por no molestarla, ¡era tan poquita cosa comparada conmigo! La amaba en lo más profundo de mi ser, me había regalado la vida que me habían arrebatado nada más nacer y era tan feliz, tan increíblemente feliz, que apenas recordaba mis dos años de martirio en aquel patio. Mi abandono fue mi suerte, así de contradictoria es la vida a veces.

Pasamos 7 años juntas, 7 años en los que yo esperaba el fin de semana para disfrutarlo juntas, años de amor y de complicidad…hasta que Daniela enfermó. Desmejoró mucho muy rápidamente y se quedaba en casa sin ir a trabajar; adelgazó de manera visible y estaba paliducha y sin fuerzas. Me convertí en su sombra. Un día se la llevaron al hospital y a mí me dejaron en el jardín de casa. Un vecino venía a ponerme de comer y me decía que pronto volvería, que no me preocupase, que se estaba curando. No me moví de la puerta durante seis larguísimos días, hasta que por fin volvió. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando me vio y se agachó y me abrazó y me dijo: “pequeñina mía, que te he dejado solita, no sabes cómo te he echado de menos” y yo sentí como si tocase las estrellas con la punta de mi cola y volví a respirar y una inmensa alegría me aceleró el corazón.

Pocos meses después llamó a su amiga Mercedes:
- Prométeme que te harás cargo de Némesis si me pasa algo.
- No seas tonta, Daniela, no te va a pasar nada. No digas eso ni de broma.
- Prométemelo, por favor, lo necesito. Prométemelo por lo que más quieras.
- Te lo prometo, claro que te lo prometo, ya sabes que sí, pero no va a hacer falta, tontaina.

Igual que cuando me subí al coche de Daniela e intuí que empezaba mi vida, en aquel momento intuí que se iba a acabar.

Daniela me puso su mano temblorosa en mi cabezota con los ojos llenos de lágrimas e hizo un esfuerzo para hablarme.
- Escucha, pequeñina mía. Se me llevan al hospital y no puedes venir conmigo. Ahora viene a buscarme una ambulancia. Si me pasa algo, Mercedes vendrá a buscarte. Sé igual de buena como lo has sido conmigo, ¿vale?. Por favor no me mires así, te quiero con locura. Y te echaré mucho de menos, mucho.

Las últimas palabras ya no las entendí, lloraba con toda la fuerza que puede llorar un adulto. Se agarró a mi cuello entre sollozos. Los dos teníamos el alma hecha pedacitos. Por última vez lamí su cara, su oreja, sus manos y sentí como si me arrancaran el corazón de cuajo. 'No por favor, Daniela, no te vayas, no me dejes, ¿qué hago yo sin ti?, te lo suplico…'

Mercedes vino a buscarme, así que entendí que mi Daniela no iba a volver. No pudo sacarme de casa, me negué rotundamente a caminar, a abandonar lo que había sido mi vida, a vivir en otro sitio que no fuera allí. Mi sufrimiento era tan grande, que no era capaz ni de abrir los ojos. Sentía el olor de Daniela y me la imaginaba a mi lado. Mercedes se quedó aquel día conmigo, me acariciaba, me hablaba, me ofrecía comida e intentaba convencerme de que la acompañase a su casa, pero yo no hice ni intención de levantarme. Pasó la noche en el sofá sin parar de llorar ni un solo minuto; yo la pasé delante de la puerta, de hecho no me había movido de allí desde que la ambulancia se llevó a Daniela. Mi vida sin ella no tenía ningún sentido, no podía concebir mi existencia si ella ya no estaba. Un dolor punzante se apoderó de todo mi ser. Daniela, me había dicho que se quedaría conmigo para siempre. Y no había podido ser.

Némesis murió el 21 de enero del 2016 de un ataque cardiovascular, exactamente 75 horas después de Daniela. Tampoco la muerte logró separarla de su amiga del alma.

Esther Cayuela, mayo del 2016 ©


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